¿Y si empezamos por crear?

“Debemos entender que crear es el motor que da sentido a todo el proceso educativo, no el premio final tras una larga espera”.

Seguro que alguna vez habéis sentido esa frustración al ver que la taxonomía de Bloom se presenta como una torre de niveles donde parece que los alumnos “más lentos” nunca llegan a la cima de crear. De hecho, utilizar esta estructura para clasificar al alumnado es una auténtica aberración pedagógica que debemos desterrar de nuestras programaciones.

Por el contrario, la realidad nos demuestra que el pensamiento es un flujo dinámico que no tiene por qué seguir un orden rígido ni lineal. Por tanto, hoy vengo a proponeros una mirada mucho más horizontal y humana, alejada de esa jerarquía que a veces nos encorseta y generalmente segrega. En este artículo vamos a descubrir cómo romper con la falacia de la pirámide para entender que todos los procesos cognitivos pueden y deben convivir desde el primer momento en cada tarea.

Además, exploraremos cómo convertir vuestras unidades en experiencias circulares donde la creación sea el punto de partida, permitiendo que cada niño y niña encuentre su propio camino. Sin embargo, lo más importante es garantizar que todos los alumnos tengan acceso a los procesos de orden superior, sin sentir jamás que están atrapados en un escalón inferior por el simple hecho de procesar la información de manera distinta.

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El ecosistema de la taxonomía de Bloom en el aula

A menudo caemos en el error de pensar que, para que un alumno analice un concepto, primero tiene que memorizarlo como si fuera un robot configurado en modo fábrica. No obstante, la realidad de nuestras clases de primaria nos demuestra cada día que la taxonomía de Bloom funciona mucho mejor cuando la imaginamos como una caja de herramientas para crear, en lugar de una jerarquía rígida y aburrida. Por esta razón, debemos mandarle un “unfollow” gigante a la idea de que hay niveles superiores, ya que todos son esenciales cuando nos ponemos a crear algo nuevo.

De hecho, debemos entender que crear es el motor que da sentido a todo el proceso educativo, no el premio final tras una larga espera que a veces parece no llegar nunca. Al permitir que un estudiante empiece a producir desde el minuto uno, estamos validando que su cabecita ya viene con ideas de serie, sin obligarle a pasar por el peaje de una memorización vacía.

Además, este enfoque circular nos regala una mirada mucho más positiva sobre los peques, eliminando de un plumazo esa etiqueta de “el niño que no llega” a la cima de crear de la pirámide tradicional. Por tanto, nuestro papel como docentes es montar el escenario para que el análisis, la comprensión y el acto de crear se mezclen de forma tan natural como el chocolate con la merienda.

También es importante destacar que, al invitar a todos a inventar sin jerarquías, nos ahorramos el drama de clasificar alumnos y fomentamos un trabajo cooperativo mucho más auténtico. Sin duda, entender que el conocimiento se construye mientras nos dedicamos a crear es el primer paso para una innovación que respete los ritmos de cada pequeño arquitecto. De este modo, la taxonomía de Bloom deja de ser un examen de escalada y se convierte en un patio de juegos diseñado para generar sin límites.

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Rompiendo la falacia: creación como punto de partida

Para transformar esta visión en algo tangible, podemos aplicar la taxonomía de Bloom de una manera mucho más flexible y menos “de libro antiguo” en cualquier área del currículo. Por ejemplo, en una sesión de lengua, en lugar de soltarles el rollo sobre los tipos de textos, podríamos proponer directamente crear un guion para un teatro de sombras que deje a todos con la boca abierta.

En consecuencia, el alumnado sentirá la necesidad real de comprender la estructura narrativa y de recordar conectores porque quiere crear una historia que emocione y no un churro que nadie entienda. Por otro lado, esta dinámica nos permite a nosotros, los profes, actuar como ese facilitador que aparece con la teoría justo cuando la práctica de crear la reclama con fuerza.

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De hecho, el aprendizaje resulta mucho más significativo cuando la información es la solución a un problema al crear algo que el propio niño ha decidido sacar adelante. En cambio, si seguimos la fila de a uno y la progresión lineal clásica, corremos el riesgo de que la motivación se nos escape por la ventana antes de llegar a la parte divertida de inventar.

El aprendizaje resulta mucho más significativo cuando la información es la solución a un problema al crear algo que el propio niño ha decidido sacar adelante.

También debemos considerar que nuestra vida se vuelve más fácil, ya que evaluar es mucho más sencillo cuando observamos cómo los alumnos integran conocimientos mientras se dedican a crear su proyecto. Por tanto, al eliminar los escalones, estamos abriendo las puertas a una educación inclusiva donde el éxito no es subir peldaños, sino lanzarse a crear algo valioso. Sin duda, verles crear con esa cara de concentración es la prueba de que la taxonomía de Bloom funciona mejor si la ponemos a bailar.

Guía práctica para un aprendizaje sin escalones

Lo primero que debemos hacer es presentar un lanzamiento creativo que sea un auténtico bombazo; no les digas “vamos a estudiar las plantas”, diles “vamos a crear un jardín vertical para el pasillo que sobreviva sin que estemos nosotros”.

Al proponerles producir algo real, el cerebro de los peques se pone en modo supervivencia positiva. De hecho, en esta fase no importa que no sepan nada de la fotosíntesis, porque lo que buscamos es que sientan esas ganas locas de crear algo suyo. Por tanto, el punto de partida siempre debe ser una acción potente, un reto que les obligue a moverse de la silla para empezar a inventar desde la pura intuición.

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Una vez que el proyecto está en marcha, llega la investigación necesaria, que es donde la teoría entra por la puerta grande. Aquí, el truco es facilitar el acceso a la información (esa parte de recordar y comprender) solo cuando el reto de crear se queda bloqueado.

Por ejemplo, si están intentando producir un podcast sobre historia, se darán cuenta de que no pueden crear el guion si no conocen los hechos; ahí es cuando consultan los libros para poder seguir adelante. Por otro lado, fomentamos la reflexión en acción, que es básicamente sentarse a mirar lo que hemos hecho para analizar qué falla. No obstante, este análisis no es un examen, es una parada técnica necesaria para que el acto de producir sea cada vez más profesional y pulido.

Finalmente, llegamos al producto evolucionado, donde los alumnos ajustan su propuesta inicial gracias a todo lo que han ido asimilando durante el desarrollo del proyecto. Es interesante ver cómo integran conceptos complejos casi sin darse cuenta, simplemente porque los necesitaban para obtener un resultado final del que se sienten verdaderamente orgullosos.

En definitiva, dejar de ver el aprendizaje como una jerarquía es un acto de justicia educativa que nos permite tener aulas más vivas y conectadas con la realidad. Al integrar todos los niveles de la taxonomía de Bloom de forma horizontal, permitimos que la chispa de la invención ilumine todo el proceso de aprendizaje desde el primer minuto. Sin duda, ver cómo recordar y comprender dejan de ser obligaciones pesadas para ser las herramientas favoritas para materializar sus ideas, es lo que le da sentido a nuestras ojeras de maestros.

De la teoría al “barro”: Escenarios para crear en cada área

Si todavía te suena un poco a ciencia ficción eso de poner a los peques a crear antes de saberse la lección, echa un vistazo a estos escenarios reales. Verás que la taxonomía de Bloom no se rompe, simplemente se pone a trabajar para nosotros de una forma mucho más divertida y lógica. Sin embargo, para que este engranaje gire de verdad, debemos sumarle la visión de la taxonomía de Marzano. De hecho, Marzano nos recuerda que antes de que el cerebro se ponga a procesar datos, necesita que su sistema del yo dé el visto bueno.

Por esta razón, cuando proponemos crear desde el inicio, estamos atacando directamente la motivación y la activación del alumno. En lugar de soltarles teoría que no han pedido, les damos un “para qué” gigante que justifica todo el esfuerzo. Por tanto, al crear algo con utilidad real, el estudiante siente que lo que aprende tiene un valor personal y emocional. De este modo, la taxonomía de Bloom se vuelve mucho más potente porque el sistema cognitivo de Marzano ya está a pleno rendimiento, convencido de que crear esa solución es un reto que merece la pena. Al final, se trata de activar el interruptor de la curiosidad para que el acto de crear fluya sin resistencias.

Ciencias de la naturaleza: El reto de la supervivencia

En lugar de empezar el tema de los ecosistemas leyendo qué es la biosfera, diles: “Vamos a crear un refugio autosostenible para una colonia de hormigas espaciales”. Para crear este proyecto, el alumnado necesitará investigar qué elementos son vitales para la vida y cómo se recicla la materia. De hecho, mientras se pelean por hacer el diseño del terrario, surgirán dudas sobre la fotosíntesis o la cadena alimentaria. Por tanto, la necesidad de comprender llega porque quieren que su obra funcione. No obstante, al generar este ecosistema minúsculo, habrán analizado y recordado más conceptos que con cualquier esquema del libro de texto.

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Matemáticas: Diseñadores de marca

Olvídate de explicar las propiedades de los polígonos con una regla en la pizarra y propón crear el logotipo de una nueva marca de zapatillas. Para crear un diseño que sea visualmente equilibrado, tendrán que utilizar ángulos específicos, simetrías y figuras geométricas complejas. Por otro lado, al calcular el presupuesto de materiales para su fabricación, estarán aplicando operaciones con decimales y porcentajes sin el bostezo habitual. Sin duda, el acto de generar un producto estético les obliga a dominar la precisión matemática. Además, se darán cuenta de que, para originar algo profesional, la geometría es su mejor aliada y no una tortura escolar.

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Lengua y literatura: “Influencers” del pasado

En vez de analizar la biografía de Cervantes de forma pasiva, vamos a crear un canal de “BookTube” ambientado en el siglo de oro. Los alumnos deben escribir guiones de entrevistas, reseñas en vídeo y campañas de publicidad para redes sociales de la época. En consecuencia, para inventar un contenido que sea creíble, tendrán que comprender el contexto histórico y analizar el lenguaje de la época de una forma crítica. También resulta fascinante ver cómo se esfuerzan por crear una narrativa atractiva, lo que les lleva a recordar gramática y ortografía por puro orgullo creativo. Por tanto, el lenguaje deja de ser una asignatura de rellenar huecos para ser la herramienta clave para ocasionar impacto.

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Educación artística y valores: Inventores de soluciones

Podemos unir el área de plástica con la educación emocional para crear “La máquina de los abrazos” o cualquier invento que resuelva un conflicto del patio. Al inventar este objeto físico, deben evaluar qué materiales son más resistentes y cómo comunicar su función al resto del cole. De hecho, el proceso de hallar una solución a un problema real fomenta la empatía y el trabajo cooperativo de una manera que ninguna charla teórica logra. En cambio, si solo les pedimos copiar un dibujo, perdemos la oportunidad de que usen el arte para generar un mundo un poquito mejor. Al final, crear es la forma más potente de demostrar que han comprendido lo que significa vivir en comunidad.

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Educación física: Inventores de deportes

¿Y si en lugar de repetir el mismo circuito de siempre les proponemos crear el “deporte del futuro”? En esta sesión, dividimos a la clase en grupos con el reto de inventar un juego nuevo que combine materiales que nunca usarían juntos, como un frisbee, tres aros y una red de bádminton.

Para inventar este deporte, los alumnos tendrán que definir sus propias reglas, analizar el espacio y evaluar cómo equilibrar las puntuaciones para que sea justo. De hecho, mientras se esfuerzan por crear una dinámica divertida, surgirán conflictos sobre las normas que les obligarán a negociar y a comprender la importancia del juego limpio. Por tanto, la motricidad se trabaja de forma orgánica mientras su cerebro no para de producir soluciones tácticas.

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No obstante, esta propuesta no se queda en el simple juego, ya que también deben crear un tutorial o una demostración para que el resto de compañeros pueda aprender su invento. Por otro lado, al generar las variantes del juego, estarán aplicando de forma inconsciente conceptos de resistencia, velocidad y coordinación que de otro modo serían aburridos de entrenar.

Sin duda, verles crear una actividad física desde cero les da un sentido de pertenencia y autonomía brutal. En consecuencia, la Educación Física deja de ser “seguir al profe” para convertirse en un laboratorio donde generar movimiento es la prioridad absoluta. Además, al terminar la sesión, habrán trabajado el análisis crítico y la cooperación de una manera que solo se consigue cuando les das libertad.

Invertir la mirada sobre la taxonomía de Bloom no es una revolución aleatoria, sino una necesidad para conectar al alumnado con un aprendizaje que sea útil y con sentido desde el primer minuto. Al eliminar los peldaños y permitir que la acción sea el motor central, transformamos el esfuerzo aburrido en una herramienta real para resolver retos, convirtiendo el dato frío en una solución práctica que el niño puede aplicar.

Se trata, sencillamente, de confiar en que nuestros alumnos se implican mucho más cuando descubren la utilidad directa de lo que aprenden mientras se atreven a crear. En definitiva, dejar de ver el conocimiento como una jerarquía es un acto de justicia educativa que nos permite disfrutar de aulas más vivas, donde la chispa de la invención le devuelve el sentido a nuestras ojeras de maestros.

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Enlaces externos gratuitos

Canal de formación docente con recursos sobre metodologías activas y Bloom. https://intef.es/formacion/fichas-de-formacion/

Guía sobre el uso de la taxonomía en entornos digitales y colaborativos. https://www.educacionyfp.gob.es/portada.html

Bibliografía

  • Churches, A. (2009). Bloom’s Digital Taxonomy. Edorigami.
  • Tourón, J. (2014). La taxonomía de Bloom: un referente para la educación del siglo XXI. Revista de Educación.

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