«El cambio puede provocar incertidumbre y miedo, pero también puede ofrecer nuevas oportunidades. Esta rutina está diseñada para fomentar la exploración de posibilidades.»
Admitámoslo, queridos compañeros de tiza, claustros eternos y fotocopiadoras que se atascan los lunes a primera hora: en el aula de primaria, planificar a largo plazo es un deporte de riesgo. Vivimos en un mundo caracterizado por el movimiento constante y una transformación que parece acelerarse cada segundo. Para muchos de nuestros pequeños, e incluso para nosotros mismos, esta velocidad genera una parálisis ante lo desconocido. Nos asalta la gran pregunta de manual: ¿cómo podemos preparar a los niños y niñas para un futuro que aún no tiene una definición clara? El reto de la educación actual no consiste solo en transmitir conocimientos estáticos, sino en dotar a los estudiantes de la capacidad de navegar lo impredecible con una sonrisa.
Por eso, hoy quiero compartir un recurso maravilloso que nos salvará de más de un apuro pedagógico. La rutina de pensamiento titulada «¿Qué puede ser?», surgida directamente del Project Zero de Harvard, aparece como una respuesta estratégica a este desafío. No es simplemente un ejercicio de imaginación para pasar el rato los viernes por la tarde; al contrario, es una herramienta diseñada para hackear la percepción de inmutabilidad en el aula, convirtiendo el miedo al cambio en una oportunidad de diseño creativo y agencia personal.

El cambio no es un obstáculo, es la materia prima
En el entorno educativo cotidiano, solemos ver el cambio como un factor externo molesto que debemos «gestionar» a contrarreloj. Sin embargo, estas rutinas de pensamiento nos invitan a verlo como la materia prima fundamental de la innovación. El objetivo principal es fomentar la auténtica «agencia» en los alumnos, es decir, que comprendan que tienen el poder real de intervenir en su entorno e imaginar cómo las cosas podrían ser diferentes.
Para lograr esto, debemos ampliar nuestra mirada docente de forma cercana. No solo hablamos de modificar objetos físicos sencillos; de hecho, la rutina nos incita a cuestionar de manera directa hechos naturales o humanos, sistemas complejos, ideas abstractas, personas, sociedades y hasta las narrativas mediáticas que consumimos a diario. Nada debe aceptarse pasivamente tal cual es. Al validar el cambio como una constante en nuestro mundo, reducimos drásticamente la ansiedad infantil ante la incertidumbre. Esto permite que el alumno se posicione como un diseñador proactivo de su propio futuro, desplegando su libertad para imaginar posibilidades allí donde otros solo ven barreras burocráticas.

La estructura del pensamiento creativo: Revisar, predecir e Imaginar
Para que la creatividad sea verdaderamente transformadora en un aula de primaria, requiere de un andamiaje sólido que la sostenga. Esta herramienta del Project Zero sistematiza el proceso cognitivo en tres pasos clave que eliminan por completo el típico bloqueo del lienzo en blanco, ofreciendo un camino claro y riguroso hacia la innovación compartida.
1. Revisar: Investigar la causalidad del pasado
El primer paso no consiste simplemente en mirar el ayer con nostalgia, sino en realizar una auténtica investigación detectivesca de la causalidad. Los estudiantes deben preguntarse de forma guiada: ¿Cómo llegó esto a ser de la forma en que es ahora? ¿Quién o qué pudo haber influenciado estos cambios?
Entender de manera práctica quién «movió los hilos» en la evolución de una idea o de un sistema nos permite comprender por qué hoy tiene esa forma específica y no otra totalmente diferente. Además, este paso ayuda a desarrollar la comprensión profunda de por qué las creencias que se han mantenido y los objetos creados han ido transformándose, revelando cómo podrían desplegarse aún más en el mañana.

2. Predecir: Un entorno seguro para tomar riesgos
Aquí es donde el lenguaje preciso se convierte en nuestro mejor aliado dentro de la dinámica de clase. Al utilizar deliberadamente términos como «pronósticos, probabilidades y proyecciones», estamos construyendo un entorno de toma de riesgos completamente segura.
Por lo tanto, el alumno ya no siente la presión académica de tener que «acertar» con una verdad única e inmutable; simplemente explora escenarios probables con total libertad. De hecho, este enfoque terminológico reduce de forma drástica el miedo al error, incentivando a los niños a lanzar hipótesis atrevidas sin mirar de reojo la cara de evaluación del maestro.
3. Imaginar y crear: El momento de la acción directa
Finalmente, llegamos al núcleo de la propuesta. El cambio siempre llega acompañado de desafíos evidentes, pero en esta fase los convertimos en oportunidades tangibles de codiseño. Si las predicciones analizadas previamente no son positivas, el alumno tiene el espacio y el tiempo necesarios para soñar, planear y diseñar alternativas constructivas que mejoren ese porvenir.
En este punto, los materiales disponibles en el aula o seleccionados a propósito se convierten en herramientas de prototipado. Esta estructura sistemática enseña a los niños que la innovación no es un chispazo mágico de suerte divina, sino un análisis profundo que utiliza la realidad existente para proyectar mejoras tangibles en equipo.
Cuestionar lo establecido: El caso de las escuelas
Un caso práctico sobre la evolución de las pantallas
Un ejemplo de gran impacto para estrenar estas rutinas de pensamiento en el segundo o tercer ciclo de primaria consiste en analizar algo que verdaderamente les toque la fibra sensible: la evolución de la tecnología que usan para aprender y entretenerse. A menudo les lanzamos en el aula la pregunta provocadora de cómo creen que los adultos sobrevivíamos o hacíamos un trabajo escolar sin tener internet, tabletas ni buscadores automáticos a mano.
Al aplicar el paso de «Revisar», los estudiantes descubren con asombro que el acceso al conocimiento antes estaba encerrado en pesadas enciclopedias impresas que ocupaban estanterías enteras. Sin embargo, este análisis guiado no se limita a ser una simple y divertida lección de historia sobre el Pleistoceno digital. Al contrario, les ayuda a comprender qué necesidades humanas y qué cambios sociales impulsaron la creación de los soportes interactivos que manejan hoy en día. Por tanto, cuando llega el momento de pasar a las fases de predicción y creación, el alumnado de estos niveles despliega una madurez crítica fascinante. De hecho, ya no se quedan en la ocurrencia mágica o imposible, sino que empiezan a diseñar de forma cooperativa herramientas lógicas para gestionar la sobreinformación o mejorar sus entornos de estudio. Además, aplicar la dinámica a su propia realidad digital transforma un ejercicio conceptual abstracto en un reto de diseño tecnológico totalmente significativo para sus vidas.

El error y el accidente como motores de aprendizaje
Animar al riesgo sin drama escolar
Uno de los pilares más potentes y divertidos de «¿Qué puede ser?» es la validación absoluta de lo inesperado. Para que un estudiante de primaria se atreva a innovar de verdad, debe sentir que su maestro celebra la exploración libre, incluso cuando los resultados iniciales parezcan un auténtico disparate o resulten puramente accidentales. La historia de la ciencia está abarrotada de visionarios que perseveraron y triunfaron cuando las cosas salieron rematadamente mal en el laboratorio. Por tanto, es vital validar de entrada aquellas opciones que no parezcan viables o «positivas» para darles el beneficio de la duda y buscar alternativas ingeniosas.
El maravilloso valor del descubrimiento accidental
Una forma excelente de fomentar el pensamiento divergente en nuestras sesiones es observar juntos los descubrimientos que surgieron por puro azar. Integrar el humor sano y la risa en el proceso creativo asegura que los estudiantes no se paralicen ante el folio en blanco, sino que vean el «patinazo» como un dato valioso y divertido en su cuaderno de diseño. Fomentar una cultura de aula donde el accidente se recibe con curiosidad científica y una carcajada compartida permite que los alumnos desarrollen una resiliencia única para su vida diaria. Aprenden, en definitiva, que la flexibilidad mental y el buen humor son sus mejores herramientas para encontrar soluciones originales en situaciones totalmente imprevistas.

Aplicación en el aula del día a día
En conclusión, la rutina «¿Qué puede ser?» es mucho más que una simple ficha de actividad para rellenar en silencio; es una mentalidad de diseño integral para la vida. Al enseñar a los niños y niñas a resolver problemas reales con humor, originalidad y rigor analítico, los estamos convirtiendo en ciudadanos proactivos y resilientes, capaces de moldear activamente el futuro en lugar de limitarse a sufrirlo pasivamente. Implementar estas dinámicas dota al alumnado de destrezas críticas fundamentales. Mañana mismo, al entrar por la puerta de clase, te invito a mirar cualquier objeto cotidiano, sistema del centro o narrativa tradicional junto a tus alumnos y lanzarles la gran pregunta: «Y esto… ¿De qué otra forma podría ser?».
Enlaces externos gratuitos
- Explora la caja de herramientas oficial, los fundamentos teóricos y las investigaciones recientes sobre el pensamiento visible en la web de Project Zero de la Universidad de Harvard: http://www.pz.harvard.edu
- Consulta recursos didácticos, normativas vigentes y guías pedagógicas oficiales en la web del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes de España: https://www.educacionfpydeportes.gob.es
Bibliografía
- Ritchhart, R., Church, M., y Morrison, K. (2014). Hacer visible el pensamiento: Cómo promover el enganche, la comprensión y la autonomía de los alumnos. Paidós.
- Harvard Graduate School of Education. (2020). Project Zero’s Thinking Routine Toolbox. Project Zero.

